Este artículo en audio hecho por ordenador. Las creencias 11ª parte

Establecer una relación de calidad

 

El otro vive una evidencia que no conocemos.

 

Una de las mayores consecuencias del hecho de que las experiencias engendren emociones y generen creencias es que cada ser humano tiene sus propias creencias, porque cada uno ha vivido experiencias que le son propias. Cuando encontramos a una persona, quienquiera que sea, estamos ante alguien que ha tenido otra vida, otras experiencias, otras emociones y que tiene por fuerza otras creencias diferentes a las nuestras; toda una lógica diferente. Estamos en presencia de otro mundo, distinto e imprevisible por completo.

 

Esto, dicho así, puede parecer evidente; pero si lo analizamos en detalle, está lejos de ser ese el caso. Actuamos de manera espontánea, como si fuera indudable que el otro tiene las mismas creencias que nosotros, y como las creencias son inconscientes, no lo ponemos en duda; ese es el comienzo de la incomprensión, de la guerra, del conflicto, de la disputa o de la revuelta.

 

Un paciente me confió un día: «Como no siento emociones, creí durante mucho tiempo que los demás tampoco las sentían». Tenemos la tendencia a generalizar lo que nos es propio y a atribuir a los demás las mismas reacciones, pensamientos o emociones que tenemos nosotros. Debemos comprender que el otro vive una evidencia que no conocemos a priori. Esto es lo que con frecuencia explica los conflictos interpersonales, las incomprensiones, las intolerancias.

 

Es muy frecuente que nazcan estos pequeños conflictos en la vida cotidiana, o incluso otros más graves, en función de la incapacidad que tenemos para ponernos en el lugar del otro, por una carencia de verdadera empatía. Es la proyección involuntaria, irreprimible y rápida en extremo, en los otros, de nuestros funcionamientos personales conscientes e inconscientes (valores, creencias, comportamientos, emociones, etcétera).

 

Debemos hacer un esfuerzo por descentramos, por abstraemos o por poner entre paréntesis nuestras propias creencias, nuestras propias representaciones del mundo, para poder hacer este esfuerzo de empatía. La comprensión del otro no se da de antemano, y jamás se adquiere de manera definitiva.

 

Estas cualidades son particularmente necesarias en la relación terapéutica. Esto implica las nociones de atención flotante y de escucha benévola: abstraerse de sí mismo, de lo que nos anima, de lo que es importante para nosotros, de nuestra historia personal, para dejar que el otro emerja tal como es y tal como funciona, con sus propios valores.

 

Por ello la terapia y otros espacios son lugares privilegiados de transformación y de curación; lugares, por decirlo así, sagrados, porque la mayor parte del tiempo, cuando dos individuos se encuentran, lo hacen desde el interior de sus historias y de sus creencias. Cuando uno piensa que escucha al otro, es a él mismo a quien en realidad escucha a través de sus proyecciones, de sus miedos, de sus deseos. El otro no es escuchado o comprendido en aquello que ha vivido, en la resonancia propia y única de su experiencia.

 

El paciente tiene un inconsciente, y es ese inconsciente lo que constituye el cara a cara del terapeuta, nunca solo el consciente. Por lo general, el paciente no revelará de manera espontánea sus contenidos y, en particular, sus creencias. Habrá que ganarse su confianza, «domesticarlo», como el zorro le pide al Principito, y eso implica ciertos «ritos terapéuticos», como aquellos de la escucha rogeriana, del esquema psicoanalítico u otros.

 

LA ESCUCHA ROGERIANA

 

Según el postulado de C. Rogers 1, cualquier individuo es capaz de tomar conciencia y de expresar sus contenidos psíquicos y sus emociones, en la medida en que se halle en una situación que le per-mita actualizar esta capacidad. ¿Cómo? En un clima de libertad, en un esquema lo bastante seguro y permisivo; de esta manera, hombres y mujeres se sienten libres para expresar —o no— sus contenidos psíquicos.

 

Las actitudes recomendadas por Rogers se sitúan en la continuidad del concepto de neutralidad iniciado por Freud 2 y calificado después de él como «benévolo».

 

Las principales actitudes terapéuticas

 

1. La neutralidad benévola

 

La neutralidad benévola define la cualidad del que escucha sin expresar ningún juicio en cuanto a los valores morales, religiosos, filosóficos o sociales de sus pacientes. Al mismo tiempo, manifiesta una comprensión y una presencia benévola, a fin de crear un clima relacional de seguridad. Sin embargo, esta exigencia representa, para el que escucha, más un objetivo hacia el cual tiende, una orientación, que una realidad absoluta. En ciertas ocasiones, la gestión de la diferencia y de la distancia puede ser delicada con algunos pacientes; entonces, el terapeuta busca a tientas para encontrar con cada uno de ellos un equilibrio justo entre retracción defensiva y búsqueda de una relación de fusión.

 

2.            La empatía

 

La empatía no define una técnica, sino una cualidad de ser. Rogers define la empatía como una capacidad del terapeuta para percibir desde el interior los sentimientos o afectos experimentados por los pacientes. La empatía es una actitud con la cual se percibe de manera intuitiva algún aspecto del mundo interno del otro. No se trata de una comprensión solo intelectual o teórica, que se quedaría en el exterior, sino de un sentir interno en el cual «el terapeuta llega a tomar, instante tras instante, lo que el cliente siente en su mundo interior tal como el cliente lo ve y lo siente, sin que su propia identidad se disuelva en este proceso empático». (Rogers) El autor estima que la empatía es una poderosa palanca terapéutica. Está en el corazón de su enfoque, denominado «centrado en la persona». En cualquier caso, esta comprensión es «rara en extremo»; sin embargo, representa más una tendencia interna a re-novarse siempre, que un objetivo logrado de una vez por todas.

 

Precisión: la empatía requiere saber manejar, administrar y mantener una buena distancia; no debe confundirse con pegarse, fusionarse o identificarse con el otro.

 

3.            La aceptación positiva incondicional

 

Otra cualidad que debe contemplar el terapeuta, según Rogers, es la aceptación positiva incondicional del otro, tal como se presenta: aceptación de lo que es, de lo que dice (contenido) y de lo que calla, de lo que resiente, de lo que piensa y de la manera en que lo dice (forma). Se trata de una actitud de no enjuiciamiento gracias a la cual el paciente puede sentirse profundamente aceptado; de esta manera, en un clima relacional de seguridad, positivo y receptivo, el paciente, liberado «tanto como sea posible de cualquier amenaza exterior», puede «comenzar a experimentar y a afrontar los conflictos internos que le parecen amenazantes». (ROGERS)

 

Rogers explica así lo que ocurre al unirse la empatía con la aceptación positiva incondicional: «Si alguien comprende lo que provoca ser yo sin buscar analizarme ni juzgarme, entonces puedo abrirme y desarrollarme en esta atmósfera». Nos gustaría añadir: «sin buscar transformarme», actitud que supone un juicio y el ejercicio de un poder sobre el otro, aunque esté motivado por el deseo de hacerle un bien. Esta precisión es fundamental en relación con las páginas que siguen. Los protocolos de cambio que presentaremos no pueden tener lugar sino en el esquema de una auténtica relación de ayuda, sin la cual serán asimilables a una desastrosa tentativa de toma de poder y de manipulación.

 

4. La congruencia

 

La cuarta característica fundamental de una relación de calidad, según Rogers, es la congruencia. Se trata de mantener una relación auténtica con el paciente. Implica reconocer y aceptar lo que llega al interior de sí, como la persona que escucha, y de ser congruente, es decir, coherente entre lo que sentimos y lo que manifestamos, en nuestras comunicaciones verbales y no verbales: «un estado de unificación entre la experiencia emocional a nivel de las entrañas, la conciencia de esta experiencia y lo que expresamos al paciente».

 

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Estas diversas actitudes, descritas por grandes médicos, deben permitirnos permanecer siempre vigilantes respecto a una forma particular de proyección: el hecho de que el terapeuta, de forma involuntaria, adhiere sus creencias en los pacientes. Estar y permanecer conscientes de nuestras creencias es un paso obligado para quien quiere escuchar las creencias de los demás; en caso contrario, se corre el riesgo de comprometer por completo toda forma de ayuda.

 

La relación de ayuda psicológica es una relación en la cual el calor de la aceptación y la ausencia de toda coacción, de toda presión personal por parte del terapeuta, permiten a la persona que recibe la ayuda expresar libremente sus sentimientos, sus actitudes y sus problemas».

 

ROGERS, La relación de ayuda y la psicoterapia

 

«Es una relación bien estructurada, con sus límites de tiempo, de de-pendencias, de acción agresiva, que se aplica en particular a los clientes, y los límites de responsabilidad y de afecto que el consejero se imponga a sí mismo. En esta experiencia única de libertad emocional completa, dentro de un esquema bien definido, el cliente es libre de reconocer y de comprender sus impulsos y sus estructuras, ya sean positivos o negativos, mejor que en cualquier otra relación. Esta relación terapéutica es distinta de las relaciones autoritarias de la vida cotidiana, y es incompatible con estas».

 

ROGERS, La relación de ayuda y la psicoterapia