Las creencias construyen tu mundo

Las creencias construyen tu mundo

Todo sucede como si tuviéramos una metacreencia de acuerdo con la cual «todo lo que creo es verdad», sin darnos cuenta de que cada uno de nosotros construye su mundo, su propia representación del mundo. Esta metacreencia consiste en considerar que el mundo que nosotros nos construimos es el mundo real. Está claro que la mayoría de la gente no cuestiona y se cierra, se esclerotiza en la inercia, la inmovilidad, la ausencia de desarrollo personal, la resistencia al cambio, a las que se añade además, con frecuencia, intolerancia hacia aquellos que no comparten las mismas representaciones.

Muchas personas no establecen el vínculo entre sus creencias y las consecuencias que estas entrañan.

Lo que pensamos, lo que creemos, es verdadero de vez en cuando. Por ejemplo: «En ocasiones los hombres mienten». Creer que es «siempre» o «nunca» deriva en un comportamiento rígido. La opinión se convierte en una creencia limitante o apremiante.

La dinámica de la creencia es tender a lo universal y a la sobre generalización. En las creencias están incluidos —de manera implícita o explícita— los conceptos «siempre», «jamás», «todo el mundo» …, lo que en PNL llamamos «cuantificadores universales».

Una manera simple de verificar si la creencia es limitante o no es comenzar a quebrantarla, cuestionarla en el sentido inverso de lo que esa creencia enuncia.

En ocasiones es posible que una parte de la creencia está soldado, vinculado al otro, mediante un vínculo de exclusividad. No hay otro desenlace; se trata claramente de una creencia que puede ser limitante en extremo, ya que fija una condición sine qua non para la realización de un escenario de vida.

La lectura del pensamiento es, entonces, un mecanismo por el cual, de manera inconsciente, atribuimos a los demás nuestros propios pensamientos y deducciones, nuestra propia lógica interna, nuestros valores, nuestros temores y, con mucha frecuencia, los comportamientos o las actitudes que nosotros habríamos tenido en una situación similar. Es lo que llamamos proyección. Es el inconsciente el que actúa al creer de verdad que es la otra persona quien tiene esos pensamientos, esos valores y esas actitudes. Es algo por completo inconsciente, automático y, por tanto, muy activo entre muchos individuos.  

Así, generalmente, la creencia es por entero, o en gran parte, inconsciente. 

La emoción y el comportamiento son indicadores equivalentes de la presencia de una creencia. 

Reconocemos en el enunciado la supervivencia, el reconocimiento y la seguridad, tres criterios importantes que generan estrés, porque, cuando no se satisfacen, la persona se siente en peligro. 

El territorio perteneciente a una creencia se inscribe en una red más grande de creencias entrelazadas. Para conocer esta red, en ocasiones es necesario proceder a un cuestionamiento preciso que parte del primer enunciado de la creencia. 

Las creencias actúan como un filtro que orienta nuestra atención y limita nuestras percepciones de los estímulos que provienen del medio ambiente; de hecho, realizan una selección de información. 

A cada momento recibimos una cantidad incalculable de estímulos que provienen tanto del medio ambiente exterior como de nuestro mundo interno (corporal y psicológico), lo cual desborda en gran medida nuestras capacidades neurocognitivas de procesamiento de la información. Por esta razón debemos seleccionar las informaciones, retener algunas y eliminar otras. Estos procesos ocurren de manera muy rápida y automática. 

Las investigaciones realizadas por el psicólogo Bruner demuestran además que la percepción, por sí misma, en el primer momento del procesamiento de la información —que consiste en la percepción sensorial— realiza ya la tarea de la selección. Además, esta selección no sucede al azar, sino en función de las motivaciones. No solo comprendemos, interpretamos o probamos las cosas de manera diferente, sino que, incluso en el plano sensorial perceptivo, no percibimos las mismas cosas. 

Esta persona solo retiene de la información aquello que refuerza sus creencias. 

La creencia nos hace retener las informaciones sobre la percepción de nosotros mismos y del medio ambiente, y también nos hace eliminar otras. Nos conduce a caer en el error lógico que los teóricos cognitivos llaman «abstracción selectiva», es decir, que realizamos una selección de informaciones a través de la abstracción de todas las demás, en particular de aquellas que van en contra de nuestros sistemas de creencias. Omitimos lo que nos perturba, lo que nos contradice o aquello que no entra en nuestros marcos de creencias. Esta selección de la información no se realiza por azar ni por el simple efecto de la saturación de nuestras capacidades neurocognitivas de procesamiento de la información, sino que responde a todo un mundo de representaciones, de motivaciones, de intenciones, de valores y de deseos. Una persona que sufre depresión enuncia cierto número de creencias negativas en relación consigo misma, así como con el mundo y con el futuro. Es la «tríada infernal»’ descrita por A. Beck. Esta persona solo retiene de la información aquello que refuerza sus creencias. 

Las creencias actúan como estabilizadores. Suministran, por decirlo así, una guía o un modo de empleo que nos permitirá dar sentido a nuestra vida y a nuestras experiencias, que establecerá y mantendrá una coherencia en el mundo que nos rodea y en nuestro mundo interno. 

El hecho de eliminar informaciones nos permite reducir las divergencias y mantenernos en la ilusión de contar con una comprensión del mundo lo bastante sólida para que podamos descansar en esta con tranquilidad. Es una cuestión de equilibrio, de estabilidad. 

La misma joven para quien todos los hombres son mentirosos me decía: «Prefiero creer que todos los hombres son mentirosos; si no, yo no podría desconfiar… Siendo confiada, si un día encontrase a un hombre en quien yo confiara y él me mintiese, sería demasiado duro para mí. No podría soportarlo una vez más». 

Podemos percibir, en este caso, el sentido y la utilidad de nuestras creencias, que pretende ser vital, pero que a la vez las vuelven tan rígidas. 

Las creencias son autovalidantes, es decir, se verifican a sí mismas y no admiten duda. El objetivo de las creencias es probar lo que afirman, de acuerdo con el principio de la profecía autocumplida (Self fulfilling  prophecies) descrito por los teóricos de la escuela de Palo Alto.

La creencia actúa como una profecía. Veamos dos ejemplos:

El autocumplimiento de las creencias se asemeja a un principio descubierto hace ya mucho tiempo por el célebre Emilio Coué.

Como pionero, Coué exploró los caminos del inconsciente y des-cubrió el poder de la sugestión y de lo que llamaba «imaginación» (el subconsciente). Este poder, afirmaba, es mucho más fuerte que la voluntad (el consciente) y cuando hay conflictos entre estos, «es siempre la imaginación la que triunfa».

Coué enunció un principio fundamental del funcionamiento psíquico, que consiste en que «todo pensamiento que generamos tiende a convertirse en realidad». Aquí no se trata de pensamientos racionales o lógicos del sistema consciente, sino de pensamientos del inconsciente: creencias, representaciones, fantasmas.

Dicho de otro modo, si creemos que algo es difícil para nosotros, será difícil, en efecto; si creemos que estamos enfermos, estaremos enfermos, etcétera.

La imaginación funciona como un escudo con tendencia a reforzarse a sí mismo, de tal manera que provocamos una especie de reforzamiento de nuestras creencias al darles (generalmente de manera no consciente) la posibilidad de realizarse. Es suficiente con cambiar de creencias para que las cosas a nuestro alrededor cambien o nos parezcan diferentes.

Otra ley fundamental interviene en el proceso de curación por medio de la autosugestión: la que C. Baudoin, discípulo de Coué, llamó «ley de finalidad subconsciente». El principio es simple: cuando el subconsciente (la imaginación) ha comprendido y aceptado la necesidad de un cambio, cualquiera que este sea, pone en marcha los medios necesarios para alcanzarlo, y hace uso de mucha… imaginación].

Si, por ejemplo, el subconsciente integra la sugestión de una curación física, pondrá en marcha los procesos orgánicos necesarios para lograr ese fin. Esta ley se comprueba en innumerables casos de curaciones recogidas por Coué.

Por tanto, no es necesario que el sujeto comprenda a nivel consciente los detalles de lo que está por suceder, ya que el subconsciente lo sabe, hace su trabajo, moviliza su energía, etcétera.

Las palabras «yo en verdad quisiera» llevan siempre implícito el mensaje «pero no puedo». Si sufres por algún motivo, no digas jamás «Voy a intentar hacer desaparecer eso», sino «Voy a hacer que eso desaparezca»; porque «cuando hay dudas no hay resultados».

La creencia existe sin noción de verificación o de validación. Es una idea suficiente en sí misma y excluye toda necesidad de verificación exterior. La adhesión personal interna es suficiente para su validación. La persona no busca la verificación y, si esta se presenta, no le interesa. La creencia no es lógica, racional o científica. Crea una separación entre la persona y la retroalimentación de la realidad. La persona no está ya en contacto con la retroalimentación, con el regreso de información que es la realidad, sino con su propia percepción de su interpretación de la realidad.

Toda verificación de una creencia limitante es subjetiva: «Yo siento eso, por tanto, es verdad».

Interpretamos los acontecimientos del mundo en función de lo que creemos, más que en función de elementos objetivos. El ser humano, pues, es todo excepto un animal racional. Los valores, las creencias y las motivaciones intervienen en la elaboración de nuestra comprensión del mundo. La percepción misma de lo real está sometida a la prioridad de la imaginación.

Nosotros no reaccionamos ante otros seres humanos o ante los acontecimientos del mundo, sino ante lo que interpretamos, ante nuestros propios movimientos psíquicos, compuestos por pensamientos y emociones.

Nuestras creencias nos condicionan y nos colocan en posición de dependencia del ambiente. Las creencias enmascaran nuestra libertad de ser lo que en realidad somos. Están íntimamente ligadas a la manera en que utilizamos nuestro pensamiento. De modo inconsciente, a través del pensamiento, establecemos un mundo virtual que no tiene relación alguna con la realidad tal como es, sino que corresponde a lo que quisiéramos que fuera o que no fuera. Con esta pseudorrealidad tomamos como realidad aquella con la que estamos relacionados. Eso es lo que fundamenta nuestro malestar, nuestras crisis, nuestras patologías y nuestras insatisfacciones crónicas.

«Recuerda que no es esa persona quien te dice injurias, ni quien te golpea, ni quien te agravia, sino la opinión que tienes sobre ella, que hace que la veas como una persona que te agravia. Cuando alguien te hace daño y te irrita, debes saber que no es la persona quien te irrita, sino tu opinión. Esfuérzate, por ello, ante todo, en no dejarte llevar por tu imaginación».

Mente abierta
Mente abierta

Una creencia no reconoce jamás su naturaleza de creencia

Nuestras creencias nos conducen fuera del campo de nuestra voluntad consciente.

Las creencias están vinculadas con lo que llamamos perogrulladas. De acuerdo con el Diccionario de la Academia Francesa, una perogrullada es «una verdad tan evidente como banal». Una creencia es como un vestido que uno se pone por la mañana, y del que nos olvidamos muy rápidamente. Antes de leer estas palabras sobre las ropas, ¿sois conscientes de estar vestidos? Lo sabéis, ciertamente, y no os lo preguntáis. Somos conscientes del contacto de la tela sobre la piel cuando nos vestimos por la mañana; después, lo olvidamos muy pronto, lo cual es bastante positivo pues, de no ser así, se movilizaría una importante cantidad de energía psíquica que ya no estaría disponible para otras actividades.

La creencia, la perogrullada…, son evidencias y, bajo ese título, ya no las cuestionamos.

El ser humano se mueve por sus creencias. Se piensa, se vive, en función de estas; se convierte en su objeto y gasta una cantidad de energía considerable a su servicio. Es sorprendente descubrir cuántos de nosotros pasamos la vida como esclavos de algo desconocido, sin buscar ni intentar conocerlo, ni liberarnos de ello. Para lograr liberarnos es necesario conocerlo y reconocerlo, porque la creencia es una evidencia que no se pone en duda, a la que no se interroga.

Implementamos creencias para alejarnos de experiencias desagradables, durante las cuales hemos estado privados de lo positivo o hemos estado en contacto con demasiadas cosas negativas. Las redes de creencias tienen, de este modo, una función previsora, de protección o de defensa ante cualquier nueva experiencia negativa.

La creencia se implementa en un contexto en el que cumple una función; constituye una respuesta de adaptación al ambiente. Después se generaliza y el contacto con el contexto real se pierde. La creencia lleva entonces, por decirlo de algún modo, una vida autónoma en la psique, sin tener más en cuenta el contexto.

Las creencias no son, en sí mismas, ni buenas ni malas. Participan en la coherencia y en la estructuración de la persona. Por ello es necesario que las abordemos con precaución y delicadeza. Puede ser tremendamente desestabilizador para un individuo poner en duda sus creencias, porque, como acabamos de ver, son puntos de referencia que permiten dar sentido y orientación a la existencia.

La creencia es un código petrificado de uno o varios instantes vividos en el pasado.

La creencia es una generalización, sin verificación, de las deducciones de ese pasado vivido.

La creencia es una generalización categórica, artificial y no justificada.

El cerebro humano trabaja sin cesar. Aprende con rapidez, memo-riza (mucho más de lo que recordamos), saca conclusiones de sus aprendizajes y emite respuestas o estrategias de adaptación. La psicología nos muestra que un pequeño número de experiencias es suficiente para que la psique realice todo ese proceso. Como hemos podido comprobar durante nuestra labor clínica, una o dos experiencias pueden ser suficientes para dar lugar a una generalización y para que se establezca una creencia.

En el origen de las creencias pueden estar:

  1. Un acontecimiento único, un shock importante, un traumatismo; es decir, una experiencia muy fuerte en el plano emocional.
  2. Una serie de experiencias menos fuertes, menos impactantes, menos graves, aunque repetitivas. En este caso, la repetición es la que establece las bases para la creencia. Nuestras observaciones nos han demostrado que, en muchos casos, son suficientes dos experiencias similares para que una creencia se establezca, en ocasiones, de manera perdurable.
  3. Un acondicionamiento educativo.

La mayor parte del tiempo no sabemos bien por qué creemos lo que creemos. Los orígenes caen en el olvido y, como hemos visto, la creencia se impone como una evidencia. Se ha olvidado la pregunta, pero se mantiene la respuesta; se ha olvidado el problema, pero se conserva la solución de adaptación. Y se justifican los comportamientos, las elecciones, la espontaneidad, los pensamientos, por todo tipo de racionalizaciones o de argumentaciones intelectuales que, de hecho, nada tienen que ver con los determinismos reales que habitan en nuestro inconsciente.

Como ya hemos mencionado, un acontecimiento único, un shock, puede ser suficiente para ocasionar el establecimiento de una creencia. El shock responde entonces a cierto número de características:

  1. a) El acontecimiento es inesperado

Hay una desviación, una diferencia, entre lo que esperamos de una situación precisa y lo que sucede. Se trata de una desviación entre nuestra expectativa y la realidad del ambiente. Con mucha frecuencia esperamos algo diametralmente diferente, opuesto o neutro.

  1. b) El acontecimiento es brutal

Esta experiencia es acompañada por una violencia que nos amenaza y nos obliga a reaccionar… Pero nos encontramos desvalidos y no tenemos acceso a nuestros propios recursos, o bien la violencia desborda nuestras capacidades de procesamiento y amenaza con poner en peligro nuestra organización anterior. Para protegernos de esta amenaza, debemos reorganizar la realidad en el interior de nosotros mismos (re-ordenar nuestra red de creencias) para poder integrar esta experiencia en un sistema significativo.

Nuestras experiencias pasadas no nos han preparado para este tipo de vivencias. Para no sufrirlas, debemos cambiar: «Lo creía simpático, pero me ha decepcionado… jamás confiaré en él ni en ninguna otra personal».

  1. c) El acontecimiento es nuevo

El acontecimiento es nuevo, por lo que la persona no cuenta con experiencia previa de referencia. No tiene retrospectiva, no cuenta con una vivencia anterior ni con recursos personales para hacerle frente.

  1. d) El acontecimiento se vive en soledad

Por una u otra razón, la persona no puede comunicar lo que ha vivido. El acontecimiento permanece sin que se pueda contar: no hay palabras, no es compartido y no se integra en un relato. Permanece como un elemento en bruto, no elaborado, no transformado, sustraído al trabajo psíquico de simbolización. Esto es, por lo general, lo que ocurre en el caso de los traumatismos. La enfermedad procede de una falta de vocabulario.

  1. e) El acontecimiento afecta a la representación de uno mismo

La distinción entre identidad (inamovible, esencial) e identificación (movible, cambiante) es fundamental. La primera se refiere a nuestro ser profundo, inatacable, inalterable; la segunda es no solo cambiante, sino frágil, sujeta a todas las transformaciones posibles, a los ataques, a los abandonos. Al tomar la forma de la primera, es la fuente de nuestras ilusiones y después de nuestros sufrimientos.

Un despido solo puede afectar si nos identificamos con nuestra profesión.

Comentarios desactivados en Las creencias construyen tu mundo