Los valores

Los valores

Los valores son los estados a los que las personas dan importancia. Por ejemplo, éxito, seguridad, amor, felicidad, etc. Los valores son como los huesos de nuestro esqueleto. Nos estructuran, nos permiten mantenernos erguidos y son los puntos de amarre de los equivalentes musculares que son nuestros movimientos y nuestros proyectos. Se asocian entre ellos para formar unidades funcionales: «los territorios de creencias», el esqueleto de nuestro ser.

Un valor es una palabra que indica algo elevado en la jerarquía de nuestros intereses. Los utilizaremos continuamente, en muchos casos de forma inconsciente, para juzgar lo que está bien y lo que está mal. Son etiquetas que utilizamos para indicar diferentes niveles de placer o dolor.

Ciertos valores como la justicia, el amor, la libertad, la salud que denominamos valores primarios designan lo que es más importante para nosotros, es decir, lo que queremos alcanzar en nuestra vida. Estos valores, sin darnos cuenta, dirigen realmente nuestra vida y tienen una influencia tremenda sobre el desarrollo de nuestras capacidades porque nos indican que esos estados son los únicos que merece la pena alcanzar.

La importancia de conocer los valores es fundamental. Detrás de cualquier queja o lamento se esconde una creencia relacionada con un valor que busca ser satisfecho.

Lista no exhaustiva de nuestros valores: La vida — El amor —  El reconocimiento — La seguridad — La libertad — El respeto —La relación—La confianza  — La autenticidad —La verdad —La eficacia —La competencia —La comunicación  —La justicia  —La estética —La felicidad —El placer  —La paz —La existencia  —La perfección  —La armonía — La responsabilidad  —Compartir  —El servicio —La disponibilidad  –El control  — La fuerza  —   La identidad —

Todas las personas tienen una jerarquía de valores que está dentro de una de las dos categorías siguientes:

Valores hacia los que se tiende: Son estados que se desea alcanzar dado que producen gran satisfacción. Por ejemplo: felicidad, respeto, cariño, etc.

Valores de los que se huye: Son estados que me producen desagrado o insatisfacción. Por ejemplo: frustración, manipulación, humillación, etc.

Si una persona conoce sus valores más importantes y su jerarquía, sabrá cuáles son las motivaciones internas que le mueven a actuar para alcanzar sus metas y cuáles son los estados que tratará de evitar a toda costa. Sus valores estarán condicionando permanentemente su comportamiento, muchas veces sin ser consciente en ello.

Como hemos podido comprobar, los valores siempre son formulados de manera positiva. En nuestra opinión, siempre existe un criterio subjetivo subyacente, incluso en los que son más negativos en apariencia. Uno de los postulados básicos de la PNL es que todos nuestros comportamientos, pensamientos y actitudes se basan en un objetivo positivo, una «intención positiva». Esto se observa también en el campo de la patología o en los problemas del comportamiento.

Una creencia se organiza alrededor de uno o de varios valores. Cuando una creencia implica una emoción negativa importante, puede establecerse la hipótesis de que está relacionada con un valor fundamental para la persona. Las creencias verdaderamente limitantes, aquellas que generan mucho malestar o angustia, están siempre asociadas con un valor elevado: supervivencia, existencia, amor, seguridad, por mencionar solo algunos. Lo limitante para el ser humano, origen de emociones agradables o desagradables, quizá no sea tanto la creencia en sí misma como el grado de importancia de los valores que lleva implícitos.

Ejercicio para detectar una situación repetitiva

Cierra los ojos. Respira profundamente. Y recuerda ahora una situación repetitiva de tu vida, de esas que por mucho que te lo propongas inmediatamente se repite, automáticamente tu actitud. Tu pensamiento, tu sentimiento. Puede ser una situación de miedo, rabia, frustración, resentimiento. Deja que te venga esa situación. Y localiza ahora cuál es el pensamiento que genera lo demás. Quizás te sientes sin poder para hacer algo en esa situación. Hay un «no puedo» o hay una expectativa de algo doloroso, desagradable. Algo como cristalizado, como si la vida se hubiese parado, y siempre fuera así.

Procura ahora encontrar un pensamiento distinto, como un rio que fluye, y que nunca es igual, que aquella persona, por ejemplo, que no crees que jamás puede cambiar, verla distinta. Aquella situación que parece trabada, verla distinta. Aquella idea que está parada en el tiempo, que evolucione, que se transforme. Y ese pensamiento que causa esa parálisis, que causa esta situación trabada, adiéstralo, quítalo del medio, y deja que surja una nueva visión, una nueva salida.

Piensa en algo que tu creas que puedes hacer y compáralo con algo que te limita. Determina la diferencia. A continuación, toma la creencia limitadora y hazla igual que la cosa que tu crees que puedes hacer. Si no puedes hacerlo porque algo te lo impide, averigua qué es.

El propósito del ejercicio es conseguir que la limitación se vuelva más parecida a la creencia con plenitud de recursos. Consigue que la creencia que no crees se parezca lo más posible a la que si crees.

Las creencias no es un sistema de ideas lógico

Las creencias no se basan necesariamente en un sistema de ideas lógico. De hecho, son notoriamente refractarias a la lógica. Su función no es coincidir con la realidad. Puesto que tu no sabes realmente qué es lo real, tienes que formarte una creencia: es un asunto de fe. Es muy importante tener esto en cuenta cuando se trabajan las creencias limitadoras.

Abraham Maslow explica una anécdota que ilustra bien este punto. Un psiquiatra trataba a un hombre que creía ser un cadáver. Pese a todos los argumentos lógicos del psiquiatra, el hombre persistía en su creencia. Finalmente, en un destello de inspiración, el psiquiatra le preguntó: «¿Pueden sangrar los cadáveres?». El paciente respondió: ¡Eso es absurdo!. Los cadáveres no sangran». Tras pedirle permiso, el psiquiatra le pinchó el dedo con una aguja y extrajo una gota de sangre roja. El paciente quedó mirando el dedo, completamente atónito, y al cabo exclamó: «¡Qué me aspen! ¡Ahora resulta que los cadáveres sangran!». Es un relato humorístico, pero algunas veces es cierto cuando una persona padece una enfermedad mortal. La creencia es: «Ya soy un cadáver, ya estoy muerto, y ningún tratamiento servirá de nada. Lo más inteligente que puedo hacer es dejar de luchar contra lo inevitable». Es una dura creencia, porque en el estado actual de nuestros conocimientos nadie puede asegurarle si se pondrá bien o no. Una mujer hizo un estudio sobre «cien supervivientes de cáncer», con la esperanza de averiguar qué tenían en común, y lo más interesante fue que no logró encontrar ninguna pauta común en el tratamiento seguido por cada una de esas personas. Los supervivientes habían recibido toda clase de tratamientos distintos. Sin embargo, unas cosas tenían en común: todos los supervivientes creían que el método de tratamiento que estaban siguiendo iba a dar resultado en su caso. Era la creencia, no el tratamiento, lo que marcaba la diferencia.

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